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Los caramelos, las golosinas que tanto les gusta a los niños y a los que no son tan niños, no han sido siempre algo que comemos para endulzar nuestros paladares bien por placer o por capricho sino que, cuando se crearon hace años, tenían su explicación y finalidad.
Nacen a raíz de la necesidad del hombre por encontrar un alimento ligero que sirviese de sustento para sus largos viajes, algo pequeño, ligero pero que además le produjese energía. También está íntimamente ligado al descubrimiento de lo dulce y sobre todo de la miel, los primeros dulces, fueron creados con pulpa de fruta, cereales y miel.
Ya en tiempos de Noe, los viajeros preparaban una pasta dulce y jugosa con pulpa de fruta y cereales pulverizados, incluso los antiguos egipcios preparaban sus caramelos mezclando miel y fruta, y moldeándolos de muy diversas formas. Pero es de la India de donde procede el descubrimiento de usar azúcar para elaborarlos, allí se produjo por primera vez azúcar sólido.
El nombre de caramelo procede del descubrimiento de la caña de azúcar, también llamada “caña de miel” que en latín la denominaban “canna melis” y que finalmente dará lugar a “caramelo”. Con la caña de miel se desarrollaron nuevas y mejores técnicas de repostería, el problema fue que durante siglos fue un producto de lujo no alcanzable por cualquiera.
Las gominolas infantiles son productos de confitería compuestos por una pasta maciza elaborada con azúcar, aromatizada y coloreada mediante un generoso uso de aditivos y que se presenta con formas y tamaños variados.
Su nutriente mayoritario son los hidratos de carbono sencillos: glucosa, sacarosa y fructosa suponen entre un 70% y un 80% del peso.
La proporción de proteína más común es del 5%-6% aunque una muestra contiene el 7% y otra sólo el 1,5%.
La proteína se presenta principalmente en forma de gelatina, que proporciona la textura gomosa típica de estos productos.
Las grasas, por su parte, suponen menos del 1%.
El contenido en agua fue siempre inferior al 14% y en algunas, aún menor: entre el 5% y el 8%.
El aporte energético es de 320 a360 kcalorías cada cien gramos, demasiado elevado para un producto absolutamente prescindible en nuestra dieta por su casi nulo valor nutritivo.
En resumen aportan muchas calorías (más de 300 cada cien gramos) y tienen muy poco valor nutricional. Se componen mayoritariamente de carbohidratos sencillos (principalmente, sacarosa) y su contenido en proteínas y grasas es casi despreciable. Además, apenas contienen vitaminas ni minerales.
El consumo de estas chucherías no debe ser frecuente, ya que desequilibran la dieta, fomentan la obesidad y promueven la caries dental.

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